Ruben Díaz Caviedes nos deleita con este texto fruto de una jornada por las antiguas tierras del extinto ducado de Cantabria.
"Ciento ochenta grados de cielo azul, ciento ochenta de tierra parda. Y ya está, no hay nada más. Solo la geometría elemental del mundo, trigo y el zumbar de las chicharras. Aparte de eso, absolutamente nada. Hay sitios donde la nada es una ausencia de todo lo demás, pero aquí presenta propiedades atmosféricas.
Es densa y saturada. No es la que resulta de que no haya cosas, sino la que anega torrencialmente los lugares después de que las haya. La región misma carece de nombre y de fronteras precisas, una cualidad de lo que no existe en la que aventaja incluso a los desiertos más acreditados. Estamos en el norte de Palencia, el noroeste de Burgos y el sur de Cantabria, cerca de donde lindan las comarcas de Campoo, los Páramos y la Montaña palentina. Y sus confines son ausencias: si no hay relieve, no hay gente y no hay ruido, es que estás en este país. Es un lecho de mar sin mar, llanuras sin novedad hasta donde alcanza la mirada. Puede que estemos en algún sitio, pero este sitio no es ningún lugar.
Algo enmienda la nada, sin embargo. Es una montaña. Un macizo, en realidad. Y es inmenso.
El mundo se acabó muchas veces a los pies de esta montaña. César Augusto dirigió personalmente las legiones de Roma contra este castro, el gran bastión de las tribus cántabras, que tras su conquista recibió el nombre de Amaia Patricia. Fue en esta ciudad ubi Leovigildus rex Cantabros afficit, donde el rey Leovigildo castigó a los cántabros. Fue esta ciudad la que cayó dos veces ante el envite del general bereber Táriq ibn Ziyad, y la que arrastró en su caída al ducado de Cantabria, del que era capital. Fue de Amaya de donde huyó el dux don Pedro para refugiarse en los Picos de Europa, donde su linaje y el de don Pelayo engendraron a los primeros reyes de Asturias. Estamos frente a la misma ciudad que arrasó Hisham II, califa cordobés de madre vascona, con las huestes que mandaba su valido, aquel terrible moro Almanzor. La misma que murió de olvido después, empezado el segundo milenio, cuando el mundo emigró al sur y la ciudad quedó a merced del vacío castellano, de propiedades corrosivas. Un castillo sobrevivió en lo alto, pero los siglos acabaron también por barrerlo. De Amaya queda el viento, el silencio y la palabra. Y nada más.
Subimos a lo alto por la trinchera de una muralla, apenas la única cicatriz reconocible que dejaron en esta mole milenios de ocupación humana. Amaya no es Numancia, ni Recópolis, ni Segóbriga. No cuenta con caminitos para turistas, con los precintos delicados que despliegan los arqueólogos ni ninguno de los otros honores fúnebres con los que se honra a las ciudades muertas. Acaso un par de cartelitos prohibiendo obviedades y un vigilante ermitaño, su único morador, que intercepta al visitante al llegar arriba, donde la trinchera desemboca en la meseta central de la peña. Hace preguntas de esfinge —de dónde eres y tu edad, «para las estadísticas»— y procede con indicaciones incomprensibles, todas encaminadas a que disfrutemos de un buen paseo. El olvido se ensaña tanto con Amaya que la mayoría de sus visitantes no acuden convocados por su gloria, sino por sus vistas. Son senderistas. La ruta más popular, explica el guarda, consiste en subir hasta este mismo punto, bordear la montaña en redondo y bajar. Son tres horas andando.
Para los demás, lo primero es asomarse al borde y contemplar ejércitos imaginarios marchando hacia aquí por la llanura, porque para eso se viene a Amaya. Para admirar desde arriba la verticalidad de su perímetro de acantilados, más feroz que la mejor muralla, y todo lo que hace de Amaya una fortaleza natural perfecta. Como su meseta central, una segunda altura que se alza sobre la primera, también parapetada en acantilados. O el manantial que mana en lo alto, hoy domesticado en un bebedero para el ganado. Fuesen lobos u hombres, los horrores de la era antigua habitaban la llanura o venían por ella, invariablemente desde el sur. Amaya era la atalaya perfecta, con dos líneas de defensa sucesivas, una fuente de agua y una cumbre solo accesible a las nubes, que le rascan la panza. Cuesta imaginar que este jardín amurallado sea el resultado de fuerzas tectónicas y no un regalo de los dioses primigenios a algún pueblo elegido.

Llegamos contrariados por la desmemoria a la que vive sometida Amaya pero nos marchamos aliviados, porque el olvido es un conservante. Si aquí se practicase algún tipo de nacionalismo potente Amaya sería su Disneylandia, pero no es el caso. Esto es Castilla y León, dos antiguos reinos a cuya gloria Amaya no contribuye demasiado. Y por su nombre es cántabra, la gran ciudad de la antigüedad cántabra, pero no está en Cantabria. También el trazo administrativo de las modernas fronteras autonómicas ha dejado Amaya en tierra de nadie, y así es como nos la encontramos. Extrañamente virgen pese a ser la ciudad menos virgen del mundo. Más que del pasado, Amaya imparte una lección sobre la posteridad, pues estamos en su posteridad y su posteridad es esto: silencio, roca pelada y ovejas en el mismo suelo sobre el que nacieron y murieron generaciones, desde las edades remotas que denominamos con el nombre de los metales hasta hace unos cuantos siglos. Un postapocalipsis más triste y cruel que el que imaginan las peores fantasías de ciencia ficción, que son las únicas verdaderas.

Y muchas gracias a Rubén, por permitirme su publicación en este blog
Enlace original: http://www.jotdown.es/2014/08/amaya-una-capital-en-la-nada/